Voces de la comunidad forense

 Primer  periódico  virtual  de  divulgación  pericial  en  México

Edición No. 5, Mes de Enero del 2005

México DF

 

Desde el rincón de los muertos y la memoria de sus familiares. Aportes forenses de la antropología a los derechos humanos

(Parte 1)

 

R. C. Parra y M. R. Palma

Documento publicado en la revista Antropólogos Iberoamericanos

en Red (AIBR)

 

“Interesarse en la memoria de las violencias no es interesarse solo en el pasado, sino, muy al contrario, permitir que el presente sea vivible y que pueda imaginarse el futuro” Beatrice Poulingny (2004) “a la memoria de seis personas dedicadas al transporte fluvial; y, a la fuerza espiritual de sus familiares en el lejano Aucayacu”

El común de la gente -y también algunos profesionales de otras especialidades- especulan cada vez que escuchan el término antropología, o cuando se topan con algún antropólogo. Los comentarios van desde ideas regularmente estructuradas, hasta comentarios que consideran que somos un curioso atado de lunáticos, que intentamos graduarnos de campesinos o de ilustres personajes como: Chamanes, Pacos, Pongos, Maranis, etcétera. Que coleccionamos cacharros viejos y huesos para los museos. Que estudiamos las extrañas costumbres de los habitantes de lugares exóticos, entre otras ideas más, que no seria una tarea difícil demostrarlo. En casi todos los casos, la finalidad nunca les esta clara, y pueden llegar a pensar que tantos esfuerzos o el objeto de las arduas investigaciones emprendidas no sirven para nada.

A lo mejor, la gente no se da cuenta de la enorme importancia y aplicabilidad del conocimiento antropológico, que trasciende el hecho de observar e interpretar las dinámicas sociales humanas, así como las distintas expresiones culturales y su reciprocidad en fenómenos globalizantes. La antropología debe entenderse como la disciplina que estudia a la humanidad en el plano de sus características biológicas y de sus características únicas no biológicas, las cuales llamamos “cultura”, directamente relacionados a factores medioambientales y/o ecosistémicos. De esta manera la antropología se subdivide en tres grandes subdisciplinas: La antropología Biológica –o física-, Antropología sociocultural y la Arqueología –o el estudio del pasado por medio de objetos-. De los estudios que se concentran en los restos culturales del pasado, los cuales están directamente asociados a sus autores como resultado de sus procesos intelectuales, socioculturales, medioambientales y también biológicos; así como su entorno biótico, que nosotros llamamos arqueología o bioarqueología, en algunos casos. El interés por estudiar el aspecto de la biología humana: su variabilidad y adaptación fisiológica, como parte del desarrollo e interacción biocultural, tanto en sociedades contemporáneas como en poblaciones ancestrales. Precisamente, y en palabras de R. Beals y H. Hoijer (1981), […] “el antropólogo biológico no es, en cierto sentido, sino un biólogo que concentra su atención en el hombre […]; y que, lo que nos distingue de los demás especialistas, que ven también los aspectos biológicos, es particularmente el encuentro y la interacción de los enfoques biológicos y culturales, en diferentes niveles de temporalidad.

En este sentido, el complejo “sistema” de estudio de la antropología y su aplicabilidad, se ha desarrollado, entre otras investigaciones, tanto en la salud y enfermedad, en la nutrición, la drogadicción, y la violencia humana. En este ultimo, los estudios y aportes han provocado un significativo interés sobre la serie de trágicos sucesos sistemáticos de crímenes masivos, que han proliferado en la historia mundial reciente. Como en los campos de concentración de Auschwitz en la segunda guerra mundial; el genocidio étnico en Ruanda, precedido de masacres a Hutus y Tutsis; el caso de la purificación y el desencadenamiento de las operaciones de depuración étnica en Bosnia; los masacrados en varias comunidades Guatemaltecas, durante el conflicto armado; las matanzas en Colombia, como el “holocausto” del palacio de justicia; las muertes en Chile, etcétera; son simplemente algunos de los ejemplos donde se reflejó el irrespeto por la vida.

En una compilación reciente de R. Belay y colegas (2004), denominada “Memoria en conflicto. Aspectos de la violencia política contemporánea” se comenta lo siguiente en relación a estos sucesos proliferativos de violencia que llevan a crímenes masivos: “la violencia es quizá un hecho antropológico absoluto” de variaciones históricas y estructurales que le son consustanciales (Belay. op. cit). Precisamente, las experiencias de la violencia y del dolor han motivado en la historia humana la necesidad de recordar y de reconstruir la memoria. Al respecto Miguel Giusti (2004), refiere que la conciencia de gravedad de esta trasgresión del orden se enmarca en un desentendimiento violento, “de esta insólita desmesura humana [que] ha llevado a muchos filósofos de fin de siglo a ofrecer una interpretación retrospectiva de los trágicos vaivenes de nuestra cultura, a darnos una voz filosófica de alerta sobre las motivaciones ocultas y los peligros de la repetición; en una palabra se han empeñado en “hacernos recordar” para que “no olvidemos”. Modernos y postmodernos, universalistas y culturalistas, comunitaristas y liberales, constructivistas y desconstructivistas todos ellos, pese a la diferencias que los separan, parecen estar contagiados de la misma preocupación por reacomodar las piezas de nuestra memoria como humanidad”. Así como, la frase de Santayana que esta a la entrada del “museo de los horrores” que los americanos instauraron en el campo de Dachau en Baviera, el cual señala: “Los pueblos que ignoran su historia están condenados a repetirla”.

En la praxis, los antropólogos han demostrado que pueden aportar el importante potencial necesario que permite registrar e intentar “reconstruir las memorias” de estos crímenes sistemáticos ó también referidos como violaciones masivas a los derechos humanos. Así como también en la ubicación y rescate de cientos de millones de personas desaparecidas, que fueron ocultadas en sitios clandestinos de entierro, precisamente para interrumpir la memoria colectiva. La práctica de la antropología forense en todos sus campos de aplicación nos otorgan la oportunidad de ofrecer la posibilidad de que cada una de estas victimas fallecidas nos “cuenten sus historias”, para que “señalen” a sus agresores y posteriormente respondan por sus actos a la justicia. En tanto que sus familiares, finalmente, tengan la posibilidad de aliviar el dolor, la incertidumbre, y, progresivamente reconciliar sus “memorias heridas” en palabras de Paul Ricoeur (1999); ó, las “heridas de la memoria”, como mencionara Elizabeth Jelin (2003).

Quizás sea una ligereza de nuestra parte, pero sospechamos que es posible que estemos frente a un tipo de aplicación antropológica desenvuelta de la represión teórica reduccionista; y explayada en el desenvolvimiento teóricamente holístico de nuestra ciencia. Ya que, la magnitud y necesidad de los requerimientos humanitarios y legales, ha resuelto la necesidad de involucrar nuestros enfoques socioculturales, biológicos y arqueológicos en conjunto, reunidos en un pensamiento forense.

Cuando nos ofrecieron la oportunidad de presentar este documento, en la revista Antropólogos Iberoamericanos en Red (AIBR), nosotros aún estábamos atendiendo una misión en la alejada comunidad selvática de Apiza, que fuera en 1992, escenario de una de las mas crueles masacres y torturas en la región del alto Huallaga. Desde nuestra misión en el poblado de Apiza, ó, como dijeran los pobladores quechua-hablantes de los andes peruanos: Ayllunkunapa qapariynin chinka chinkachispa wañuchisqanku kuchumanta[1]; nos vino a la mente la idea de mostrar la importancia de la antropología como ciencia forense, desde su aplicación a los derechos humanos; colocando el ejemplo peruano como referencia y reflejo de los demás lugares donde se han venido desarrollando investigaciones de esta magnitud particularmente en Latinoamérica.

[1] Desde el lugar donde fueron desaparecidos y muertos; y, del llanto de sus familiares

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¿Qué son las Ciencias Periciales?

 

Etimológicamente significan el saber o conocimiento de la pericia. Son sinónimo de Ciencias Forenses o Ciencias Auxiliares del Derecho Penal.

 

La práctica forense es multidisciplinaria

Es equivocado pensar que sólo los abogados y los médicos llevan a cabo prácticas forenses en su desarrollo profesional.

“Forense”, es un concepto que se relaciona a los tribunales y a sus audiencias; y a los procedimientos legales aplicados a ellos.

Cualesquier persona que tenga un amplio conocimiento especializado en alguna ciencia o arte, puede prestar auxilio a las instancias públicas en el quehacer de la administración de justicia, es decir en la práctica forense.

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